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Hospital Universitario La Zarzuela Madrid

Corazón y deporte

Capítulo 4. Muerte súbita en deportistas

Capítulo 4. Muerte súbita en deportistas

 

Autores:

  • Dr. Daniel Rodríguez Muñoz. Cardiología Hospital Universitario Sanitas La Zarzuela
  • Dr. Diego Jiménez Sánchez. Cardiología Hospital Universitario Sanitas La Zarzuela
  • Dr. José Luis Zamorano Gómez. Cardiología Hospital Universitario Sanitas La Zarzuela

 

La muerte súbita es un proceso difícil por las implicaciones que tiene un evento de esta naturaleza que se produce de forma inesperada. Cuando se da en deportistas, además, genera alarma social, puesto que con frecuencia se presenta en espacios públicos y en presencia de otras personas, y porque observamos cómo se produce en personas con hábitos saludables y con buena condición física. A lo largo de este capítulo repasamos los aspectos que generan habitualmente dudas o inquietud e intentamos dar respuesta a las preguntas más frecuente que recibimos en las consultas de Cardiología y de Arritmias a este respecto.

Hablamos de muerte súbita cuando se produce la muerte por causa natural en un paciente que no presentaba previamente síntomas o en el que el inicio de los síntomas que precedieron a la muerte se producen menos de una hora antes de la misma. Cuando la causa de la muerte es un problema cardiaco, se denomina muerte cardiaca súbita. En los casos en los que este cuadro es abortado y se consigue la recuperación del paciente, hablamos de muerte súbita recuperada.

Aunque, como mencionábamos en la introducción, los casos de muerte súbita reciben con frecuencia una atención social importante, incluida la publicación en
medios de comunicación, afortunadamente se trata de un problema relativamente poco frecuente. Aunque los estudios a nivel población en una patología como ésta son complejos, la incidencia varía entre 4-5 hasta en torno a 50 casos por millón de habitantes y por año en población general. Estos números son algo mayores entre deportistas de élite, pero sin llegar a los 100 casos por millón de habitantes y por año. La muerte súbita es, además, más frecuente en varones. Esto se debe a que una gran mayoría de casos - en torno a un 75% - están relacionados con un infarto de miocardio u otros problemas coronarios agudos, más frecuentes en varones. Un aspecto importante a destacar de esto, es que la mayoría de estos pacientes – entre un 66 y un 75% de casos de muerte súbita, según distintos estudios – presentaban síntomas de origen cardiovascular en los días o semanas previas al suceso, o bien tenían una cardiopatía diagnosticada.

¿Es casual el hecho de que se produzcan muertes súbitas durante la práctica de deporte, o existe alguna relación entre la actividad deportiva y la muerte súbita? ¿Puede el deporte actuar como desencadenante de alteraciones cardiacas que resulten en una muerte súbita?

Vamos a repasar estas ideas poco a poco. En primer lugar: sí, el deporte puede, en algunos casos, actuar como desencadenante de un proceso que resulte en la muerte súbita. Pero tomar esta frase aisladamente nos llevaría a una conclusión errónea de la relación del deporte con la enfermedad cardiovascular en su conjunto, y con la muerte súbita cardiaca más específicamente.

La actividad física vigorosa puede aumentar transitoriamente el riesgo de padecer un evento coronario agudo, como el infarto de miocardio. En el contexto de un infarto la complicación más grave, y que con más frecuencia puede causar la muerte del paciente antes de su llegada al hospital, es la aparición de arritmias como consecuencia de las alteraciones en el aporte de oxígeno y sangre al músculo cardiaco. Y esas arritmias son, con mayor frecuencia, las causantes de una muerte súbita cardiaca.

Es importante, no obstante, poner en contexto esta asociación entre actividad deportiva y muerte súbita. Para ello es útil fijarnos en cuántas muertes cardiacas súbitas se producen en el contexto de deporte, durante o inmediatamente después de la práctica deportiva, sobre el total de casos. Los datos varían ligeramente entre distintos estudios, pero están en torno a uno de cada veinte casos de muerte súbita. Dicho de otra forma, el 95% de las muertes súbitas de origen cardiaco, aproximadamente, se producen en contextos que no tienen relación con la actividad deportiva.

En cualquier caso: ¿puedo hacer algo para evitar ese potencial efecto adverso de la práctica deportiva sobre el sistema cardiovascular? Sí, el entrenamiento y la habituación al ejercicio físico son factores que previenen o disminuyen ese efecto “agresivo” cardiaco. Además, la práctica habitual de ejercicio físico, es un factor que ha demostrado de forma consistente que aporta una serie de beneficios a largo plazo sobre el sistema cardiovascular, que exceden con mucho a la remota posibilidad de un evento adverso como éste, por lo que la recomendación para la población general en cuanto a actividad física y deportiva desde el punto de vista cardiológico – y con beneficios sobre muchos otros órganos y sistemas – es la de practicar deporte, idealmente de una forma adaptada a las capacidades físicas, estado de salud y nivel de entrenamiento previo, sin actividades extenuantes o de intensidad muy superior a las que se esté acostumbrado.

Como ya hemos visto, el riesgo absoluto de muerte súbita relacionada con el deporte es bastante bajo, pero aún así, no deja de ser un importante problema de salud. La muerte inesperada de sujetos jóvenes y deportistas, muchas veces considerados como paradigmas de salud y vitalidad suele suponer un impacto social acompañado de conmoción e inseguridad en la población.

Hemos comentado ya como la práctica deportiva habitual tiene claros efectos beneficiosos en la salud y como aporta a largo plazo una prevención global tanto para evitar el desarrollo de factores de riesgo como de enfermedades cardiovasculares y por extensión evitar episodios de muerte súbita debidos a dichas enfermedades. Esto es muy importante conocerlo y a su vez transmitirlo a la población general. En ningún caso se debe desaconsejar la práctica deportiva en pacientes sanos y sólo se debería plantear siempre y cuando exista o haya un alto grado de sospecha de una condición o enfermedad cardiovascular que sí suponga un alto riesgo y por tanto desaconseje el deporte o al menos lo limite en intensidad.

Pero es cierto también que, por otro lado, sabemos que se producen episodios de muerte súbita con mayor frecuencia durante episodios relativamente cortos de ejercicio vigoroso o muy intenso. Estos casos se dan más frecuentemente en hombres que en mujeres, así como en sujetos que habitualmente no realizan ejercicio habitual. Por esto, es importante conocer las posibles causas subyacentes y poner todos los medios posibles en su prevención.

En los distintos estudios que han investigado las causas de la muerte en los sujetos jóvenes y deportistas y aparentemente sanos que habían sufrido una muerte súbita se han encontrado resultados bastante similares. Por un lado, la causa cardiovascular ha sido encontrada o sospechada como culpable del episodio, en la inmensa mayoría de los sucesos. En cuanto a los análisis en las autopsias, el hallazgo más frecuente fue encontrar un corazón y sistema cardiovascular sin ninguna alteración macroscópica ni bajo análisis de anatomía patológica. En estos casos, la principal sospecha es que la muerte se produce secundaria a arritmias ventriculares, y que en buena parte pueden ser secundarias a síndromes primarios proarrítmicos.

En cambio, en los distintos estudios, un porcentaje importante de casos (en torno al 25-40%) tuvieron como principal hallazgo diversas alteraciones estructurales o morfológicas cardiacas, fundamentalmente debidas a miocardiopatías o anomalías en el desarrollo por ejemplo de las arterias coronarias. Uno de los datos consistentemente descritos en los estudios y que se considera de especial relevancia, es el hecho de que hasta casi dos tercios de los pacientes presentaron sintomatología o datos sugerentes de algún problema cardiovascular en los días o semanas previos al episodio de muerte súbita.

Por todo esto, aunque si bien en muchos casos no se encuentra la causa del episodio, queda claro que en una gran proporción de casos existe alguna condición patológica cardiovascular predisponente que pasa desapercibida. Incluso como hemos visto, con una importante proporción de casos que presentan signos y síntomas de alarma que en su mayor parte han sido desatendidos por haber sido considerados de pequeña importancia.

Ante estos datos, de entre las posibles estrategias de prevención de los episodios de muerte súbita, se ha puesto el foco en la realización de programas de screening para detectar enfermedades o anomalías estructurales cardiacas en los sujetos deportistas.

El principal debate ha surgido acerca de la aplicabilidad de un screening universal a todos los deportistas para descartar problemas cardiacos. Por un lado, se cuestiona la rentabilidad a nivel coste-efectividad de este planteamiento y por otro se plantea el temor a la aparición de falsos positivos en dichos reconocimientos (es decir, que se diagnostiquen o se clasifiquen erróneamente como patológicos, a sujetos que no lo son y se les limite la participación deportiva).

Si bien estos problemas existen y, hasta el día de hoy, no se ha demostrado el beneficio de dichos programas universales de detección, consideramos que los sujetos que comienzan o retoman actividad deportiva, así como aquellos que realizan actividad física intensa sea o no a nivel competitivo se benefician de visitar al cardiólogo.

Dicha visita al cardiólogo es si cabe más importante en el caso de determinadas situaciones particulares, como la presencia de antecedentes personales de enfermedad cardiovascular de cara a un asesoramiento del tipo y nivel de intensidad de la práctica deportiva recomendada, o la presencia de antecedentes familiares de cardiopatía, lo que hace más probable la presencia de la misma en el sujeto en cuestión. Sin duda es recomendable en los casos de pacientes con presencia en los miembros de su familia de episodios de muerte súbita o en los casos en los que el paciente presenta algún síntoma que pueda indicar algún problema cardiovascular.

El principal objetivo de la visita al cardiólogo en estos casos es descartar la presencia de algún problema a nivel cardiovascular, ya sea a nivel del músculo cardiaco, del funcionamiento eléctrico del corazón o a otros niveles y que implique un mayor riesgo de problemas graves al realizar sobre todo una práctica deportiva de alta intensidad.

Hay que tener en cuenta que la actividad deportiva habitual de intensidad moderada se permite e incluso se recomienda en la gran mayoría de dichas situaciones de pacientes con algún tipo de cardiopatía.

Las principales herramientas con las que cuenta el cardiólogo para ello consisten fundamentalmente en una detallada historia clínica y familiar del paciente, en una anamnesis dirigida a desenmascarar síntomas que puedan haberse pasado por alto y que orienten a algún problema cardiaco, una exploración física basada en estos pacientes fundamentalmente en la auscultación y las pruebas complementarias entre las que destaca el electrocardiograma por su facilidad para realizarse y su alta sensibilidad para desenmascarar alteraciones cardiacas en manos de personal especializado en su interpretación como es el cardiólogo.

Con la historia clínica, por un lado, se pretende identificar a aquellos pacientes con algún tipo de cardiopatía ya diagnosticada. Con estos pacientes el enfoque principal será conocer el grado de afectación cardiaca, la limitación funcional que produce en el paciente y la estratificación del riesgo realizando una serie de pruebas específicas en función de la patología. Estos pacientes, sobre todo, se beneficiarán de consejo especializado acerca de la recomendación o no de
realizar ejercicio físico, el tipo de ejercicio recomendable y el grado de intensidad que es adecuado y el que no se debería sobrepasar.

Por otro lado, se busca identificar a aquellos pacientes a los que por la presencia de factores de riesgo personales es recomendable descartar afectación cardiaca (como en el caso de la cardiopatía isquémica, cuyos factores de riesgo son el tabaquismo, la hipertensión arterial, el colesterol elevado, etc.). Es
fundamental a su vez, la historia familiar, tanto de presencia de cardiopatía, la cual tiene más relevancia se aparece en los sujetos de la familia a edades tempranas, como de presencia de episodios de muerte súbita. En estos pacientes puede ser recomendable una búsqueda más dirigida y específica de determinadas patologías en función de la cardiopatía presente en la familia.

Con la anamnesis se busca identificar la presencia de síntomas que puedan sugerir enfermedad cardiovascular. En muchas ocasiones el paciente identifica estos síntomas como poco preocupantes y en cambio pueden traducir situaciones de riesgo. De especial importancia son los síntomas que suceden en relación con el ejercicio, fundamentalmente la presencia de dolor torácico que aparece con el esfuerzo y mejora con el reposo, así como los episodios de pérdida de conocimiento bruscos durante el ejercicio. Identificar estos síntomas de riesgo es fundamental para completar un estudio cardiológico más exhaustivo y descartar que exista patología. En este contexto una prueba de utilidad es la ergometría, la conocida prueba de esfuerzo, que nos permite reproducir la situación en la que han aparecido los síntomas y valorar la respuesta electrocardiográfica o ecocardiográfica, lo que es muy útil para alcanzar un diagnóstico.

En cuanto a la exploración física, por lo general se basará en la auscultación cardiaca. A la inspección y palpación se encontrarán en muy raras
ocasiones signos de patología, ya que se trata de pacientes por lo general aparentemente sanos y dichos signos suelen ser más evidentes. Algunos hallazgos, pueden sugerir presencia de factores de riesgo, como por ejemplo la presencia de xantelasmas o xantomas que pueden indicar hipercolesterolemia, un factor de riesgo con importante relación con la enfermedad coronaria. Por otro lado, es importante descartar la presencia de cifras elevadas de presión arterial.

Con respecto a la auscultación, se pueden escuchar soplos que traducen aceleración de la sangre por alguna de las cámaras cardiacas y pueden
significar algún tipo de alteración valvular, obstrucción por hipertrofia importante del músculo cardiaco, o alguna anomalía del desarrollo que produzca una comunicación anómala entre dos cámaras cardiacas.

De entre las pruebas complementarias en el seno de una consulta previa a la práctica deportiva, sin duda, la más importante es el electrocardiograma. Fundamentalmente es así por la amplia disponibilidad de esta prueba, la rapidez en su realización, sin inconvenientes para el paciente y por la relativamente fácil interpretación, sobre todo, a manos de un médico especialista como suele ser el cardiólogo o de medicina deportiva.

El electrocardiograma es una prueba que nos muestra la activación eléctrica del corazón y nos informa acerca de cómo se produce dicha activación, la cual se ve afectada por muchas de las distintas afecciones cardiacas, ya sean primariamente del sistema de generación o conducción del impulso eléctrico como si son del propio músculo cardiaco en sí mismo.

Una de las características de los hallazgos en el electrocardiograma es que muchos de ellos son inespecíficos, es decir, que en muchas ocasiones un mismo hallazgo puede aparecer en alguien con patología y en un sujeto con corazón normal. Pero estos hallazgos van a llevar a completar el estudio cardiológico con otras pruebas como pueden ser una ecografía del corazón (ecocardiograma), una prueba de esfuerzo, una monitorización prolongada del
registro del electrocardiograma (Holter), etc.

El cardiólogo utilizará toda esta información recogida en la historia clínica, anamnesis, exploración y pruebas que considere necesarias para llegar a un diagnóstico o descartar de forma razonable la presencia de afectación cardiovascular que afecte de forma importante al riesgo de sufrir algún problema relacionado con el deporte y aconsejar al paciente según lo encontrado.

Como ya hemos visto anteriormente, el electrocardiograma, a veces llamado de forma coloquial “electro” y muchas veces escrito como ECG, es la prueba más importante y la primera a realizar en el contexto de un estudio cardiológico.

Es la principal prueba por diversos motivos, por su amplia disponibilidad y rapidez para realizarlo, por su inocuidad para el paciente, su fácil interpretación en manos de un médico experto y sobre todo por la amplia información que nos aporta. En este apartado vamos a explicar en qué consiste, la información que nos da a los cardiólogos y algunos de los hallazgos más frecuentes que se dan en los pacientes a los que atendemos en el día a día.

Lo primero que hay que tener en cuenta, es que muchos de los hallazgos que nos encontramos en el ECG son inespecíficos, es decir, que no se suele identificar de forma directa una alteración del ECG con una patología cardiaca concreta. Muchas veces hay que poner el hallazgo en el contexto del paciente, su historia clínica, sus síntomas y hallazgos en otras pruebas complementarias las alteraciones que encontramos en el electrocardiograma. En otras ocasiones podemos
encontrar alteraciones que sí que nos den un diagnóstico certero concreto, pero por lo general la mayor parte de los hallazgos que salen de lo estrictamente normal se encuentran en pacientes que son sanos y cuyo corazón no presenta ninguna enfermedad importante.

El electrocardiograma es una prueba que registra la actividad eléctrica del corazón, que se produce en cada latido. Esta actividad eléctrica se registra desde la superficie corporal del paciente y se dibuja en un papel mediante una representación gráfica o trazado, donde se observan diferentes ondas que representan la activación eléctrica de las distintas cámaras cardiacas. Figura 1.

Para la recogida de la actividad eléctrica, se necesita que sobre la piel del paciente se coloquen una serie de electrodos (normalmente 10 en la configuración más habitual y por lo general estándar). Con ellos, se consiguen obtener un número de derivaciones (por lo general 12), es decir, se dibujan en el papel 12 trazados de los impulsos eléctricos del corazón, registrados desde diferentes puntos del cuerpo.

Normalmente el registro dura 10 segundos, aunqu en determinadas situaciones se puede hacer un registro algo más prolongado. Esto es el fundamento de otra de las pruebas habituales en el estudio cardiológico, el Holter, que no es otra cosa que una monitorización prolongada del ECG.

Porque una de las características del registro electrocardiográfico es que puede variar con el tiempo. Muchos de los hallazgos pueden no encontrarse en una primera exploración y en cambio en otro momento sí, esto fundamentalmente sucede con las alteraciones del ritmo cardiaco, que en muchos pacientes son paroxísticas, es decir, episódicas.

Una de las claves del análisis del electrocardiograma es realizarlo de forma sistemática. Esto es fundamental, sobre todo cuando la persona que lo analiza no es experta en su interpretación, pero también es importante para evitar que algún detalle pueda pasar desapercibido.

Lo primero que el médico ha de identificar cuando interpreta un trazado electrocardiográfico es el ritmo cardiaco. Al ritmo normal del corazón se le denomina ritmo sinusal, ya que tiene su origen en el nodo sinusal, una estructura que está situada en la aurícula derecha y que se encarga de actuar a modo de marcapasos intrínseco del corazón. Es una estructura que está especializada para ello, ya que tiene la mayor capacidad de generar impulsos de forma automática. Para identificar el ritmo sinusal, nos fijamos en la primera onda que aparece en el registro del electrocardiograma, la onda P, que representa la activación de las aurículas que precede a la activación de los ventrículos (complejo de ondas más grande, denominado QRS) en unos 120-200 milisegundos. Cuando las ondas P son positivas en las derivaciones que recogen información en la cara inferior y lateral del corazón, podemos asumir que el impulso se está originando en el nodo sinusal y estamos ante un ritmo cardiaco normal.

Otra característica del ritmo cardiaco es su velocidad. Se trata del concepto de frecuencia cardiaca, es decir el número de impulsos que se registran por minuto, considerándose normal una frecuencia entre 60 y 100 latidos por minutos cuando se realiza la exploración en reposo.

Otro de los análisis iniciales es el del eje eléctrico del corazón. La disposición espacial, de la orientación de la activación eléctrica del corazón, es otro dato importante que puede orientarnos a determinadas patologías si el eje está desviado hacia la izquierda o la derecha (entre 90º y 0º).

En la actividad eléctrica del corazón no sólo es importante el origen de la misma, sino también su propagación. En el corazón existe un tejido específico que tiene la capacidad de conducir el impulso eléctrico desde las aurículas de forma muy rápida y armónica hacia ambos ventrículos. Dentro de este sistema de conducción, también existe una estructura que regula este paso de los impulsos de aurículas a ventrículos, el nodo aurículoventrícular, evitando así que arritmias auriculares se propaguen directamente a los ventrículos lo cual podría suponer situaciones de alto riesgo vital.

El ECG nos aporta mucha información acerca del apropiado funcionamiento de este sistema de conducción. Por un lado, observando que tras cada una de las ondas P (activación auricular), le sigue un complejo QRS (activación ventricular) y que el tiempo que transcurre entre dichas ondas y que nos traduce el
tiempo que tarda en llegar el impulso desde las aurículas a los ventrículos sea normal. Para saber si la conducción se realiza de forma armónica a ambos ventrículos nos fijamos en la duración y morfología de los complejos QRS, ya que cuando estos están prolongados suele significar que existe algún bloqueo en una de las ramas de este sistema de conducción que se dirigen a cada uno de los dos ventrículos.

Por último, dentro del análisis básico del ECG nos fijamos en la parte que sigue a los complejos QRS y que nos muestran cómo se realiza la repolarización, que no es otra cosa que el proceso de vuelta al estado basal del tejido cardiaco tras haber sido activado. Para ello observamos la morfología y polaridad de la onda T y la normalidad del segmento ST e intervalo QT.

Toda esta información nos la puede aportar en pocos segundos el ECG, aunque, por otro lado, tenemos que saber que no todas las patologías cardiacas se expresan en el ECG o lo hacen de forma sutil con pequeñas alteraciones, de manera que si no realizamos un buen análisis del mismo pueden pasar desapercibidas.

Lo más frecuente que suele ocurrir cuando nos encontramos con alguna alteración en el ECG es que nos lleve a realizar otras pruebas, para investigar más acerca de si dicha alteración es secundaria a una patología cardiaca.

Por ello, una de las situaciones frecuentes en la consulta de cardiología es la de pacientes que acude por haberse encontrado alguna alteración en el trazado de un ECG realizado en el contexto de una revisión rutinaria, o de un preoperatorio. En estos casos, por un lado, habrá que completar la evaluación cardiológica en función de los hallazgos del ECG y, por otro lado, explicar al paciente en qué consisten las alteraciones encontradas y aportar consejo acerca de la idoneidad o no de realizar un seguimiento, o un tratamiento médico, así como recomendaciones específicas acerca del tipo e intensidad de práctica deportiva recomendable.

Una de las alteraciones más frecuentemente encontradas en los ECG de pacientes sanos y que suponen una visita habitual al cardiólogo tras una revisión rutinaria son los bloqueos de rama. Se trata de una alteración de una de las partes del sistema de conducción que lleva los impulsos a los ventrículos. Esto produce un alargamiento y una morfología distinta a la normal de los complejos QRS (activación ventricular). En principio, no suponen una patología relevante en sí mismos, aunque si bien se ven con mayor frecuencia relativa en pacientes con cardiopatía. Por ello la principal actitud a tomar es descartar que exista algún tipo de cardiopatía subyacente, lo cual se realiza habitualmente con el ecocardiograma. Lo más frecuente es que el paciente no presente anomalías estructurales relevantes y en ausencia de síntomas u otros datos que sugieran un mayor grado de deterioro del sistema de conducción, únicamente precisarán de un seguimiento clínico para descartar progresión de dicha afectación de la conducción del impulso eléctrico cardiaco.

Otra alteración frecuente que suele ser sujeto de atención en la consulta del cardiólogo son las extrasístoles. Las extrasístoles no son más que latidos originados en zonas que habitualmente no pertenecen al nodo sinusal (marcapasos intrínseco del corazón) y que se adelantan en el tiempo con respecto al ritmo que lleva el paciente en ese momento. Pueden surgir tanto en las aurículas como en los ventrículos y por lo general siempre se han considerado un hallazgo benigno. En ocasiones, los pacientes con extrasístoles presentan síntomas derivados de ellas, en general como sensación de palpitaciones o de vuelco al corazón. En esas circunstancias se suele indicar tratamiento (o médico o intervencionismo con una ablación) para eliminar o al menos reducir el número de extrasístoles y mejorar los síntomas. En los sujetos asintomáticos la tendencia es a no realizar tratamiento y en general se daba de alta a los pacientes de la consulta.

En los últimos años, algunos estudios han puesto en relevancia que las extrasístoles, sobre todo cuando son muy frecuentes, pueden producir un empeoramiento progresivo en la función del corazón, si bien estos hallazgos predominan sobre todo en pacientes con algún tipo de cardiopatía previa. Por ello, actualmente, se suele realizar pruebas de monitorización del ECG (Holter), para aproximarse a la carga real de extrasistolia del paciente y en los casos con porcentajes elevados (generalmente por encima del 10-15%) se suele valorar la posibilidad de realizar tratamiento o un seguimiento vigilando, que no se produzca un deterioro de la función cardiaca.

En definitiva, los pacientes deben saber que el ECG es la prueba básica y fundamental en la valoración cardiológica. Que se trata de una prueba sencilla que nos da mucha información, pero que “no lo sabe todo” y, en muchas ocasiones, las alteraciones encontradas no suponen una enfermedad cardiaca como tal. En esos casos, lo importante es descartar la presencia de algún tipo de patología que pueda precisar de seguimiento o intervención médica o precisar de recomendaciones específicas de cara a la práctica deportiva.

Como hemos mencionado previamente, la causa más frecuente de muerte súbita relacionada con el deporte es la aparición de un cuadro coronario agudo, más frecuentemente un infarto de miocardio, que desencadena arritmias graves que llevan a la parada cardiaca. No obstante, existen otras patologías cardiacas que pueden causar esas mismas arritmias y una muerte súbita. Algunas de ellas se producen en el seno de una alteración cardiaca funcional o estructural. Enfermedades como la miocardiopatía hipertrófica, dilatada, arritmogénica, etc. se pueden asociar a la aparición de arritmias ventriculares.

En otros casos, sin embargo, se puede producir estas arritmias sobre corazones que no presentan alteraciones macroscópicas, y que padecen alteraciones en el funcionamiento eléctrico llamadas de forma genérica “canalopatías”, o patologías que afectan a la conducción eléctrica a través de la membrana de las células del corazón. Suele achacarse a éstas la causa del fallecimiento de un paciente cuando en la autopsia no se encuentran otras alteraciones que lo justifiquen. Dentro de este grupo se encuentran patologías en las que la práctica deportiva debe ser desaconsejada o limitada, y otras en las que la actividad física intensa no supone en absoluto un riesgo de muerte súbita. La recomendación sobre la conveniencia o no de hacer deporte y, en su caso, la intensidad con la que se debe practicar, debe ser en muchos casos individualizada en función de la patología que presente el paciente y el grado de expresión de la misma, por lo que no es posible en este texto realizar una recomendación general más allá de la de consultar cuidadosamente con un especialista en Cardiología o en Arritmias.

Este último apartado es obligado porque los datos son demoledores y nos queda mucho por hacer. La única respuesta ideal a esa pregunta es que no nos la deberíamos tener que hacer, porque la formación en maniobras de reanimación cardiopulmonar (RCP) es simple, asequible a cualquier persona y su inicio de forma precoz y correcta tiene un enorme impacto en el pronóstico del paciente que sufre una muerte súbita.

Previamente, habíamos hablado del impacto social que tiene en muchas ocasiones la muerte súbita porque se produce con frecuencia en entornos públicos. Esto supone una oportunidad de oro para iniciar unas maniobras de soporte que, desgraciadamente, en muchos casos tardan demasiado en ponerse en marcha.

Repasando los datos de que disponemos, la mayoría de los casos de muerte súbita, y más aún aquellos relacionados con la actividad deportiva, son presenciados – hasta un 93% en algunas series – y sin embargo las maniobras de reanimación cardiopulmonar sólo se inician en un 30% de casos. La
importancia de esto es muy fácilmente cuantificable: las probabilidades de sobrevivir y ser dado de alta tras el ingreso hospitalario después de una muerte súbita, y las probabilidades de hacerlo con menores secuelas o sin secuelas, se multiplican por entre 3 y 4 si la persona que presenció el episodio inició maniobras de RCP.

Este efecto beneficioso es similar al que produce la utilización de un desfibrilador automático o semiautomático externo, presentes en numerosos – aunque aún insuficientes – espacios públicos y centros deportivos. Un dato más apoya la necesidad de formación de la población general en RCP: la muerte súbita relacionada con deporte se produce en su inmensa mayoría durante – 92% de casos – o inmediatamente después – 7.4% en los 30 minutos posteriores – de la práctica del deporte. La probabilidad de que una muerte súbita relacionada con la actividad deportiva sea presenciada es, por tanto, altísima, y eso hace que nuestra obligación sea poder prestar esa atención inicial. No quisiéramos terminar este capítulo sin recomendar enérgicamente al lector que dedique unas pocas horas a adquirir una formación con la que puede salvar vidas, y a que asimismo se convierta en un “embajador” que extienda a sus personas cercanas la convicción sobre la necesidad de hacerlo.

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